Apocalipsis zombi. ¿Puede ocurrir?

En la imagen se ve a Copi, que se ha transformado en un zombi y persigue a la gente.

 

Releyendo la entrada anterior, me di cuenta de una cosa que hasta este momento había pasado inadvertida para mí, una cosa que llevaría a plantear una pregunta que se ha llegado a plantear en muchos escenarios, incluyendo, por increíble que parezca, el Congreso de los Diputados.


Aunque si bien ahí no se planteó la posibilidad que describe la pregunta original, sí se preguntó por un plan de contingencia llegado el momento de ser real el escenario contemplado por la incógnita demanda, todo ello debido a la popularidad que hasta hace muy poco tuvo cierto género de películas.


¿Es posible un Apocalipsis Zombi?


Si es posible o no, es algo que desconozco en cuanto a lo del apocalipsis, por todo lo que el término en concreto conlleva, pero... ¿Y un brote?


Pues sí, un brote sí sería posible bajo ciertas circunstancias, y como dije en la anterior entrada, antes de cerrar la página el lector, por volver a pensar que el autor continúa estando como una puta cabra, de nuevo le pido al respetable, de una oportunidad nuevamente a la lógica.


Como en el caso que anteriormente nos ocupaba sobre los vampiros, en los zombis ocurre exactamente lo mismo: hay dos variedades, los zombis de la mitología clásica, es decir, los que existen en torno al universo que describe las prácticas y particularidades del vudú, y los archiconocidos zombis cinematográficos, y de nuevo, como en el caso anterior, estos son totalmente diferentes.


Los primeros son descritos como personas que han sido víctimas de un hechicero o brujo practicante del vudú que, mediante sus malas artes y un misterioso polvo compuesto de no se sabe qué puñetas de ingredientes secretos, transmitido ancestralmente tal conocimiento hermético por parte de una sociedad secreta constituida por druidas muy morenitos, entre los que, según su localización geográfica, los hay que peinan rastas y que se pirran por el reggae y los petas, pues han terminado como esclavos cuya mente tan solo sirve para obedecer cuanto su amo les pida, sin cuestionar absolutamente nada de lo ordenado.


En este caso, ser un zombi no implica el tener que estar muerto, ni el tener que alimentarse como si fueran fanáticos de la casquería más exacerbada.


De hecho, estos zombis no van por ahí operando de apendicitis con los dientes y a lo vivo a nadie; se limitan a obedecer lo que les mandan y a pasar desapercibidos, porque lógicamente los caprichitos de su mandatario no suelen ser cosas que llamen en demasía la atención, no fuera a ser que se quede sin su gólem particular.


Podríamos decir que son algo así como una persona cuando se encuentra bajo los efectos de una sustancia como la escopolamina (burundanga), solo que en este caso no sería de forma temporal, sino permanente.


Por otra parte, tenemos los zombis cinematográficos; estos sí que van por la calle representando a su bola “La matanza de Texas”, solo que sin la motosierra porque se la han dejado olvidada encima del piano, una especie de “Braindead… tu madre se ha comido a mi perro”, pero elevado a su máximo exponente.


Bueno, supongo que habéis pillado el concepto.


Una vez expuestos estos dos casos, os diré que creo posible que el primero se pueda dar, no como algo generalizado, pero sí como algo puntual, tal y como cuentan las crónicas del vudú, puesto que, como ya hemos visto, se puede recrear casi fielmente tal modelo utilizando químicos conocidos ampliamente que inducen a un estado total de pérdida de la voluntad.


Y en cuanto al segundo, diré que también lo creo posible en sus dos variantes, es decir, que se limite a unos pocos casos aislados o afectando a un número elevado de individuos, adquiriendo de esta manera el estatus de brote, pero siempre y cuando se cumpla una premisa muy determinada.


¿Por qué demonios pienso que esto podría suceder?


Como decía al principio, al releer la entrada anterior, me he dado cuenta de que, por las características descritas de los vampiros de las leyendas centroeuropeas y demás, si el virus teorizado hiciese su aparición hoy en día en el entorno de una gran urbe o de una población menor como un pueblo, cualquiera que presenciara el ataque de uno de estos "vampiros primigenios" no pensaría que está presenciando el ataque de un vampiro debido a la imagen que la cultura popular ha grabado en su subconsciente, ya que para ser de esta manera, el ataque implicaría dos artísticos colmillos en la boca del agresor que provocasen un par de discretas punciones equidistantes en el cuello, junto con el llamado "beso del vampiro", mediante el cual bebe la sangre de su víctima de forma limpia y discreta.


La forma de alimentarse de un vampiro "real" sería muy diferente. Estos no poseen incisivos sobredimensionados y afilados como un bisturí quirúrgico; en las leyendas originales, en ninguna, por lo menos de las que yo he tenido constancia, se menciona su presencia. El vampiro posee una dentadura como la que tendría cualquier hijo del vecino, que es más que suficiente para desgarrar la carne y hacer brotar la sangre.


Además, debido a su fisiología, se mueven de forma torpe y pesada, y en su desesperación por obtener alimento, no muerden en el cuello delicadamente; van repartiendo dentelladas a diestra y siniestra a lo que se les ponga delante y donde sea que puedan hincar el diente, un "muerde bien y no mires a quién".


Es de suponer que cuando logran aferrar a una presa, la mordisquean por todos lados, ya que la presa no se va a estar quieta dejándose comer de buen rollito, con lo que podemos deducir que cuando termina con la pitanza, el desafortunado/a que ha caído en sus garras a esas alturas ya debe tener el aspecto de un steak tartar.


Si a esto le sumamos que los productos derivados que se generan por la ingestión del hierro de la sangre pueden reaccionar con el sol, provocando al vampiro quemaduras de segundo y tercer grado en minutos, podemos imaginar el estado en que se verá toda la piel expuesta que este muestre, es decir, hecha unos zorros.


Para terminar, hay que pensar que el virus, una de las formas de contagio más típicas que utiliza, es a través de la saliva, introduciéndose por la mordedura en el cuerpo del posible anfitrión e infectándolo, si es que este sobrevive al encuentro, de manera tal y como vemos en las películas cuando alguien se contagia y termina convirtiéndose en un zombi.


Si cogemos todo lo anteriormente expuesto y lo aplicamos ante la vista del paisano que esté presenciando ese ataque, está claro que lo que va a pensar es: ¡Hostia, un puto zombi!


Sé que en la entrada anterior comentaba que estos posibles vampiros no se exponían al sol principalmente por el tipo de visión que el virus les había otorgado, pero si conservasen la visión funcional original de un ser humano, seguramente terminarían exponiéndose al sol buscando alimento. 


En las primeras leyendas se puede encontrar algún caso de vampiros que fueron vistos a la luz del día merodeando por los cementerios, pero bueno, todo esto no son más que elucubraciones mías.


Quiero terminar diciendo que, por las características que he descrito en la primera entrada y que he utilizado basándome en los detalles que se pueden leer en las leyendas, hoy en día un ser como ese  no recibiría el nombre de vampiro, sino el de zombi, puesto que coincide plenamente su forma de actuar y en gran medida su aspecto con la visión que la cultura popular tiene de él.


Por ello, si el tal virus alguna vez fue real, podría regresar, pasando de la fantasía del cine a la vida el típico zombi del que todos tenemos su imagen en la quijotera.

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