Los Amos del Mundo No Son Quienes Crees… Son Peores

El Diablo está poniendole una lentilla Copi, y este ya esta dudando de si ha sido una buena idea el ponerse lentes de contacto.


Hola, amigos míos.


Hoy quiero que leáis con atención y respeto la entrada que he escrito, y quiero que lo hagáis porque estoy poniendo en riesgo mi propia vida al hacer pública esta información, pero aun así lo hago; de todos es conocido el dicho... de los cobardes nada se ha escrito.


He descubierto algo realmente inquietante, y lo he descubierto sufriéndolo en mis propias carnes, y es lo que me dispongo a revelaros, aun a sabiendas de que tal crucial información pueda ser la causante de que, al ser hecha pública, hordas ingentes de servidores de las tinieblas se lancen contra mí en un intento de destruirme definitivamente.


El mundo realmente no está gobernado en las sombras por grandes corporaciones comerciales, ni por los principales grupos inversores, como pudiese ser el todopoderoso BlackRock, ni tan siquiera por conquistadores extraterrestres que manejan los hilos del poder desde las sombras, planificando un futuro apocalíptico para el ser humano próximo a revelarse.


No, la realidad es mucho más aterradora; el verdadero dueño del mundo, quien lo maneja y dicta su deambular cósmico, es el por todos conocido señor del inframundo.


Se le conoce por muchos nombres: Lucifer, Belcebú, Satanás, Diablo, Demonio, Ángel Caído... pero da igual el nombre que le deis; al final todos hacen referencia al mismo ser que, asistido por legiones de seguidores, domina nuestro planeta y, por ende, nuestro destino.


Y hoy y aquí, aun a sabiendas de que descubrir este secreto tan bien guardado pueda ser que signifique mi propio fin, os voy a desvelar su verdadera identidad.


El verdadero señor de las sombras que gobierna el mundo despiadadamente no es solo uno; como bien dictan las crónicas, es legión, porque son muchos, y estos no son otros que "LOS FABRICANTES DE LENTILLAS" y sí, no están solos; para dominar el planeta utilizan a miles de adoradores de su poder, los cuales podréis identificar con facilidad, porque todos ellos tienen en común una característica crucial: todos utilizan lentillas.


Sé que podrá sonar inconcebible y extraño, pero es una realidad que tan solo quien se ha aventurado en el infructuoso intento de utilizar tan demoníacos enseres podrá atestiguar de forma fidedigna.


Y esto es así porque su uso habitual es del todo imposible sin antes haber vendido tu inmortal alma al diablo.


Si en alguna ocasión habéis intentado hacer uso de tan endiablado instrumento de tortura, sabréis de lo que hablo.


Al principio todo suena genial; los adoradores del innombrable te cuentan que su uso es sencillo, que hoy en día es lo más práctico y eficiente, y tú, ignorante de ti, crees a pies juntillas en su mezquina retórica y te ves a ti mismo haciendo uso de ellas de forma cotidiana y simple.


El primer paso hacia tu destrucción ocular está dado; sacas la tarjeta, pagas y sales de la óptica convencido de que lo que te han dicho es real.


En tu rostro se dibuja una bobalicona sonrisa a la vez que caminas ilusionado contemplando la bolsa de papel que portas en tu mano y en cuyo interior, inocentemente depositado, se encuentra un kit completo que oculta una verdadera arma de destrucción masiva, el cual incluye un par de lentes de contacto y dos recipientes con un líquido que teóricamente deberás destinar a su mantenimiento, un brebaje de inusitadas cualidades mágicas, pero que en tan solo tres meses caduca inexplicablemente.


Poco después llegas a tu casa, entras, con prisa y con impaciencia depositas sobre el mueble del recibidor las llaves de casa, del coche, la cartera; hasta el móvil abandonas con premura, impaciente por probar lo que tú piensas que será una mejora en tu día a día.


Sujetando con fuerza la bolsa de papel reciclado por sus asas, adornada con propaganda que ni tan siquiera te has molestado en leer, sales raudo hacia el cuarto de baño con tan solo una idea fija en tu cabeza: ser por fin usuario de tan deseados y pequeños objetos ópticos.


Entras en el excusado, enciendes todas las luces, dejas sobre el mármol del lavamanos la bolsa y maldices no haber comprado finalmente aquel espejo con luces que viste en la teletienda una noche de cruel insomnio, y que ahora iluminaría tu rostro con un desatado fulgor que sería tan bienvenido en estos momentos.


Con un ligero temblor nervioso en las manos, extraes el estuche de plástico duro en cuyo interior se halla "tu tesoro", esas dos lentes de moderno hidrogel que te han de hacer partícipe del mundo moderno y estético que hasta ahora se te ha negado de forma cruel.


Miras con curiosidad el estuche que sostienes sobre la palma de tu mano; es un contenedor que consta de dos recipientes circulares unidos por su centro, con una tapa de rosca cada uno, en una de las cuales hay grabada una letra "D" mayúscula, que hace referencia a que en su interior se encuentra resguardada del mundo exterior la lente que irá ubicada en tu ojo derecho.


Pero estás totalmente equivocado, esa "D" no representa una posición, esa letra es realmente la inicial del nombre de quien inventó el oscuro objeto que ahora se encuentra en tu poder... "Demonio"


Haces un repaso mental rápido de las instrucciones de uso que te han explicado livianamente en la óptica, y de forma casi inconsciente tomas una nota mental para obligarte a ti mismo a recordar que en el recipiente grabado con la letra "D" siempre deberás guardar la lente de contacto derecha, instrucción que intentas grabar a fuego en tu memoria para nunca confundirte al guardar las lentillas, cada una donde le corresponde, como si de una cuestión de vida o muerte se tratase.


Ahora sí, ahora ha llegado el momento que tanto tiempo has esperado con inusitada paciencia; es el momento de la transformación, de pasar de ser ese triste patito feo al cisne que en tu interior siempre has notado latir con fuerza.


Con tu mano derecha desenroscas ambas tapas y contemplas extasiado, como si de un bien divino se tratase, dos pequeños objetos circulares y transparentes, sumergidos en una suerte de fluido sagrado que los preserva, al igual que hicieran en las leyendas artúricas las aguas del lago de Avalon en connivencia con la dama del idem en pos de proteger a la mítica Excalibur.


Como Julio César, piensas «Alea iacta est», la suerte está echada, y tomando con un cuidado extremo, como si del objeto más delicado del universo se tratase, con la yema del dedo índice de tu mano derecha la primera de las lentes, sientes que hoy, sí, estás atravesando tu propio Rubicón.


Recuerdas con exactitud las palabras de la chica de la óptica, y sigues mentalmente sus instrucciones al pie de la letra... "Lávese y séquese bien las manos, coloque la lente en la yema del dedo índice, abra el párpado superior con la otra mano y el inferior con el corazón de la mano dominante. Deslice la lentilla suavemente hacia el centro del ojo, parpadee despacio y asegúrese de que no esté al revés..."


¡¡¡Mierda, no me he lavado las zarpas y ya he tocado la lentilla!!!, exclamas, a la vez que crees que, como si de un Chernóbil cualquiera se tratase tu propio cuerpo, y que por tu acción, tan delicado objeto hubiese quedado contaminado por la radiación que desprenden tus manos sucias para no menos de 24000 años.


Sin dilación, devuelves rápidamente la lente a su regenerante fluido celeste y con fruición obsesiva frotas con jabón tus manos, haciendo marcado hincapié en tus dedos y uñas, echando de menos el "jabón lagarto" que gastaba tu abuela, que de tanta utilidad desinfectante te habría sido ahora.


Ahora, ya con tus manos impolutas y tras haber sacado una toalla limpia del armario para secártelas, asegurándote de no cometer la imprudencia de contaminarlas por utilizar la toalla que has estrenado esta mañana... "Esa ya no sirve, esa ya ha estado en contacto con el mundo y los gérmenes, sin duda, ya forman en ella populosas nidificaciones bacterianas"—, finalmente vas a conseguirlo.


Diriges de nuevo tu desaliñada vista hacia la lentilla que desde su aséptico recipiente te observa en calma a la espera de tu segundo intento del día.


De nuevo la tomas con tu dedo, abres con solemnidad tus párpados, cosa que a priori resulta más sencilla pensarla que hacerla, y aproximas lentamente el sintético elemento a tu desprevenido globo ocular.


Cuando la lentilla hace contacto con él, la tranquilidad estalla en mil pedazos. 


Tu ojo, entendiendo tu gesto como una agresión no provocada, declara de facto la guerra a tus intenciones, dando por hecho que se trata de un flagrante "Casus belli" "«motivo de guerra»" ordenando a su primera línea de defensa cerrarse a calicanto sin importar que se interponga en su camino.


Lógicamente, al recibir tal orden, los párpados que tan precariamente intentas mantener abiertos caen rápidamente de forma instintiva, aprisionando uno de ellos a la lentilla que queda irremediablemente abandonada en tierra de nadie.


En el silencio de la estancia resuena un "¡me cagon la puta!"—,  retirando tu rostro de la proximidad del espejo e intentando ver dónde cojones ha ido a parar la lentilla que encuentras allí, pegada a tu piel próxima al pómulo, como si fuese una peca translúcida que ha surgido en tu cara espontáneamente.


Una vez recuperada, la vuelves a sumergir en el líquido del recipiente para asegurarte de que ninguna pestaña o célula muerta de piel la invade, y de nuevo, colocándotela en el dedo y aproximándote al espejo, intentas repetir tan sacrílega acción para con tu ojo.


Vuelves a aprisionar tus párpados, violentándolos contra su voluntad, acercas el dedo a tu ojo, esta vez consciente de cuál puede ser su reacción, e intentas mantenerlo voluntariamente abierto por mucho que este se resista.


Bien, parece ser que estás lográndolo; tu ojo lo intenta, pero tú eres más fuerte y no permites que se cierre. 


La parte de abajo de la lentilla finalmente queda depositada en la parte interna inferior entre el párpado y el ojo, pero un repentino escozor invade la zona, precipitando la retirada prematura del dedo y el liberar inconscientemente los párpados que hasta ese momento permanecían presos.


—¡Hostia, cómo pica la cabrona! —te escuchas a ti mismo articular a la vez que mueves rápidamente la cabeza hacia atrás.


Los ojos que hasta ese momento han permanecido cerrados se abren, te miras en el espejo y recibes como un golpe el impacto visual y borroso de un globo ocular enrojecido, notando un ardor que, aunque ya ha disminuido, aún se encuentra presente.


Acercas de nuevo tu rostro al espejo, observas la rojez de tu aquosus oculus y en ese momento un pensamiento simple invade tu mente... ¿Dónde coño está la lentilla?


Miras tu cara y no, allí no está; miras tu dedo y, tampoco. ¿Dónde ha ido a parar la puta lentilla?


Inclinas la cabeza y ¡voilà!, allí está, depositada en el fondo de la pila del lavabo. —¡Joder! — exclamas.


 La recoges con sumo cuidado y de nuevo la sumerges en su líquido regenerador en un intento de desinfectarla de los gérmenes que se hayan podido depositar en ella al caer dentro de la pila y casi irse por el desagüe.


Dejas la lentilla dentro de su recipiente, te frotas el ojo que aún te escuece y que continúa un tanto enrojecido, secas su exterior que se encuentra húmedo a causa de las lágrimas que todo el proceso ha arrancado vilmente a tu lacrimal y te serenas.


—Bueno, concentración, no puede ser tan difícil; esta vez lo logro. Voy a ponerme la lentilla de los cojones sí o sí.


Te miras al espejo, logras sosegar tu ánimo, y ya alcanzado el estado zen necesario, decides volver a la carga, pero esta vez ya equipado con la madurez que la experiencia otorga. 


Sabes que escocerá un poquito, sabes que el ojo intentará cerrarse de forma involuntaria, pero ahora ya tienes todos esos parámetros bajo control y es la hora de que, finalmente, tu ojo, como en su momento las murallas de Jericó, caiga ante tu perseverancia.


Desvías la mirada del espejo hacia el recipiente donde se halla depositado el artefacto infame responsable directo de tu cabreo más reciente, y que ahora no te extrañaría lo más mínimo que hubiese sido ideado por el mismísimo dominico fray Tomás de Torquemada como instrumento de tortura al servicio de la Inquisición.


En un delirante momento de locura transitoria, jurarías que te ha parecido escuchar una menguada risita socarrona proveniente justamente del lugar que ocupan las lentes de contacto. 


Las miras con el ceño fruncido y piensas: —Qué hijas de mil padres, si no fuera porque sé que es imposible, juraría que se están descojonando de mí


Serio, decides que esta vez es la definitiva; intentando mantener la calma, tomas de nuevo la maldita y escurridiza lentilla con tu dedo índice, te aproximas al espejo, te sitúas en posición, respiras hondo y procedes a ejecutar con calma el frustrante ritual.


Tienes tus párpados sujetos y abiertos, la lentilla cerca del ojo y lo haces...


En tu primer intento, la lentilla termina plegada sobre sí misma contra el párpado inferior; en el segundo, la mitad de la lentilla entra en el ojo, pero la otra mitad queda fuera de él, pegada a las pestañas. 


Tu ojo te escuece, cada vez está más rojo, lagrimeas involuntariamente de forma exagerada hasta el punto de llegar a caerte la moquita de la nariz, pero no te rindes.


De nuevo vuelves a la carga; una gota de sudor frío se desliza rauda por tu sien, la nariz te gotea aún más y tu ojo te parece que ya tiene zonas inyectadas en sangre, pero tú persistes y lo intentas una vez tras otra, hasta que tus nervios a flor de piel te juegan una mala pasada.


En un intento de situar la lentilla dentro de el, ya un tanto cabreado, ejerces más presión de la que debías. 


El dolor es inmediato; de forma instintiva te lanzas hacia atrás cubriéndotelo con ambas manos, a la vez que sientes un dolor punzante y notas que te llora profusamente. 


El silencio de la estancia, y el de toda la casa al unísono, se quiebra bajo el volumen atronador de una retahíla de improperios que salen de tu boca sin control alguno: 


—¡Me cagon la madre que las parió!, ¡hijas de puta!, ¡hostia, qué daño me acabo de hacer!, ¡a tomar por culo las putas lentillas, se van a la mierda, a la basura!, ¡joder, qué daño, el puto ojo!...


Tus manos y brazos se mueven en un espaviento continuo incontrolado; sin querer, le das un manotazo al recipiente de las lentes de contacto que sale disparado en vuelo libre surcando los cielos del cuarto de baño.


Sales de la estancia, te vas a la cocina, abres el grifo e intentas calmar con un poco de agua fría el dolor de tu ojo que poco a poco va remitiendo.


 Después, te sientas y con un trapo de cocina te secas la cara, y ya más calmado, te suenas los mocos con una servilleta de papel y vuelves al cuarto de baño.


Entras y ves el estuche en el suelo junto a un charquito de fluido vital lentillero, miras a tu alrededor en busca de las lentillas, pero no están.


Te acercas hasta la pila, miras en su interior, pero allí tampoco, y al levantar la vista ves en el espejo un chorretón en medio de él y al final de este la lentilla pegada.


La coges, dedicándole una mirada de odio con tu ojo sano; el otro parece el de un vampiro borracho con conjuntivitis. 


Recoges el estuche del suelo, secas el charquito con papel del váter, enjuagas el recipiente, le pones un poco más de líquido y metes la lentilla dentro, enroscando la pequeña tapita con fuerza hasta apretarla de mala manera, como buscando que ese ser infernal ya jamás pueda escapar de su plastificada y húmeda tumba.


Miras a tu alrededor, miras la pila, el inodoro, el suelo, el mármol, el bidé, pero nada, allí no está la jodida lentilla que te falta. 


 Vuelves a repasar todo el cuarto de baño, pero no, la lentilla ha desaparecido, y en un momento dado, giras la cabeza, miras hacia el desagüe de la pila y piensas... —¿Se habrá colado por el desagüe?

 Joder, tú, qué putada, ¿y ahora qué hago?... Pues a la mierda, ahí se queda.


Enroscas la otra tapita, abres el armario y dejas allí abandonado ese maldito objeto satánico.


Te diriges al espejo y te miras el ojo demoníaco que ahora forma parte de tu demacrado rostro tembloroso, y piensas que es totalmente imposible que un ser humano normal y corriente sea capaz de ponerse ese trozo de pedazo de cacho de plástico, o lo que quiera que sea el impío material que lo compone, en un ojo mortal.


Lógicamente llegas a la conclusión de que todos esos que diariamente se las ponen en pocos segundos, todos esos que en YouTube, sin tan siquiera utilizar un espejo, que mirando a la cámara son capaces de introducirlas en sus ojos poco más que instantáneamente, que todas esas personas, sin duda, han tenido que venderle su alma al diablo a cambio de obtener un poder tan increíble y sobrenatural como el de ser capaz de ponerse una lentilla y no quedarse, en el mejor de los casos, tuerto o con un ojo vampirizado en el intento.


Finalmente, comprendes  el brillo lúgubre de sus ojos y la sonrisa tenebrosa y tétrica que la chica de la óptica esbozaba impúdicamente en el momento de hacerte entrega de tal elemento transmutado, inevitablemente, desde lo más profundo del inframundo.


Ya más tranquilo, sales del cuarto de baño, apagas la luz, y en ese momento, casi de forma imperceptible, te parece volver a escuchar esa sutil risita que se descojona de ti, pero tú sigues caminando sin volver la vista atrás, y viendo cómo te alejas lentamente, pegado en el techo, un pegotito minúsculo de hidrogel se burla sarcásticamente de ti.


Louis






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